Como era de esperar, se trata de la célebre frase de Bartleby el escribiente, un hombre que, repentinamente, decide responder con ese laconismo a las instrucciones de su jefe.

Yo leí el relato de Melville por primera vez porque la traducción canónica es de Jorge Luis Borges; más tarde porque venía incorporado a una antología del cuento triste y, como saben, además de coñazo, torpe, ignorante y puto prepotente, yo soy triste; no recuerdo por qué volví a leerlo; creo que porque venía en otra antología de no sé qué.
Siempre en la traducción de Borges.

Y cuanto más lo leía más triste se me hacía; pero más humano.

Yo, que he vivido y vivo las relaciones laborales no alcanzo a imaginar que un jefe a quien su empleado responda, ante cualquier orden, con un conciso "Preferiría no hacerlo" sea capaz, como el abogado sin nombre del relato, de permitirlo y aún alentarlo hasta el punto de abandonar sus propias oficinas para dejar tranquilo al empleado y, finalmente, visitarlo en la residencia donde se muere de melancolía.

Pero hay en toda su trayectoria una inapelable tristeza, una congoja derivada del sinsentido de vivir.

Imagino ahora a esos cristianos a quienes les comunican el descubrimiento de esa "partícula de Dios" que, urgidos por sus párrocos a comulgar o asistir a misa, respondan con laconismo triste: "Preferiría no hacerlo".

Y, la verdad, me suena tristón.