Después de varios días, una joven se presentó en mi casa para darme una cita con Ginsuishou. Ni siquiera me vestí con mis mejores galas de general, y acudí a la cita como otro cualquiera. Después de observar el riguroso protocolo, por fin me condujeron a la sala de la Geisha. La dulce voz me dijo que me sentara en los cojines delante del biombo. Lo hice así después de saludar y me preguntó qué deseaba.
No lo dudé un momento.
- Lo que deseo es que salgas de detrás de ese biombo y me muestres tu apariencia - dije como si fuera una orden. No confiaba en que siguiera mis indicaciones. Más bien esperaba una respuesta destemplada.
Hubo un largo silencio, después vi como su silueta se alzaba desde el suelo donde debía estar sentada. Y una hermosa mujer apareció ante mi vista.
- Me llamo Naoko - dijo la mujer.
La contemplé con admiración. No se podía decir que era excepcionalmente bella, pero me pareció la mujer más hermosa que había visto nunca.
Ella me miró a los ojos y bajó la vista. Pero la mantuvo poco tiempo baja, volvió a levantarla y a observarme, curioseando mi reacción. Pero no habló.
Cuando terminé de contemplarla a placer, una pregunta me vino a la cabeza.
- ¿Porqué te has mostrado ante mí si nunca te habías mostrado antes?
- Es muy sencillo - me contestó - porque tu eres el único que me lo has pedido, nadie se había atrevido hasta ahora...
Gracias a los que han leído, gracias a los que han agradecido, gracias a los que me han comentado algo por privado. Gracias Ayla.
Me sorprende a veces la exquisita sensibilidad de la gente, igual que en otras ocasiones me sorprende lo contrario... tengo yo gran capacidad de sorpresa, según se ve.
Ha habido personas que me han comentado que no querían comentar aquí por no interrumpir, les agradezco el detalle inmerecido, si soy yo la más interrumpidora del mundo mundial.
Creo que la historia de Kenshi y Naoko, va a seguir, pero aún no sé cómo.
Luego me sentaré y dejaré que los dedos viajen por el teclado a ver si ellos nos quieren decir algo más. Si no quisieran, también deberíamos respetar su silencio...![]()
Después de contestarle, tomé asiento delante de él. Sobre mis piernas. Mis manos recogidas en el kimono delante de mí.
Mantuve la mirada baja, no por timidez, más bien por precaución. Las mujeres en mi sociedad tenemos unas normas muy marcadas de comportamiento y no todos los hombres llevan bien que nos las saltemos a la primera ocasión. Aún debo tentar el carácter de Kouko Kenshi. Y es una protección. Sé que me mirada me delata.
Una geisha debe controlar sus movimientos, sus emociones, debe ser capaz de mantener una buena actitud en cualquier momento y sea cual sea el estímulo que reciba.
Estoy lejos de ser una buena geisha. Mi mirada me traiciona en ocasiones. No cuando algo no me importa, pero si me interesa, me hago trasparente. Mi nombre de geisha, Ginsuishou se traduce como cristal de plata, me lo puso mi mentor, porque decía que en ocasiones mi mirada era tan trasparente que dejaba entrever el brillo acerado de la plata.
- Kenshi-san, te apetece un té?
- Sí, Naoko-sama. Domo arigato gozaimasu. Y dime, entonces todo es tan fácil como pedirlo?
Última edición por Haizea; 21-06-12 a las 14:41
Naoko se toma su tiempo. Mantiene la mirada baja, mientras sirve el té. Me ha mirado a los ojos en varias ocasiones y eso no es habitual en las mujeres con las que suelo tratar.
Al hundir mis ojos en su mirada me dió la sensación de que ella es capaz de hervir más que el agua que extraé la esencia de las hojas de té.
Pero sus movimientos son calmos, medidos, elegantes. Sus acciones son seguras y me transmiten paz y relax. Soy capaz de comprender porque los hombres buscan su compañía.
Su voz me sorprende. No me mira pero me habla. Acaricia mis oidos.
- Nada es ni tan difícil como parece, ni tan complicado, Kenshi-san. Sencillamente hay que dar con la clave. A veces es evidente, pero no para todo el mundo. Otras veces está escondida...
- ¿Podré obtener de ti cualquier cosa sólo con pedírtelo?.
Los polvos blancos disimulan su rubor, pero no lo tapan del todo. Me extraña esa reacción en una geisha. Ella debe haber escuchado comentarios más soeces que el mío en muchas ocasiones.
Se toma su tiempo y yo dudo sobre si tengo que añadir algo o si será más prudente mantener el silencio para que ella medite.
Naoko levanta los ojos y clava su mirada en la mía. Es negra y profunda. Pero es clara y con un brillo de gris.
- ¿Conoces ese juego que según obtienes una meta, las reglas cambian? Esta vez te sirvió. Pero ahora deberás buscar otras fórmulas que sirvan para otras metas. Muchos se darían con conformes con lo que tú ya has obtenido Kenshi-San.
- Yo no soy muchos, Naoko- sama.
Y al tomar la taza que me ofrece el té, rozo su mano. Al notar el roce ella retira su mirada de la mía y se estremece.
Soy una privilegiada y lo sé.
En este tiempo que me ha tocado no tenía muchas alternativas. Sólo dos: mujer de campesino con suerte o geisha. Elegí una de las dos, pero tampoco me dieron muchas opciones a elegir. Con seis años mis padres me abandonaron a la puerta de una casa de geishas.
Nunca les venía mal una sirvienta. Así que me recogieron y rellenaba los jarrones de agua, colocaba flores, fregaba suelos, ayudaba a vestirse a las geishas.
La que creciera y fuera algo agraciada tenía posibilidades de "ascender", la que no, sería sirvienta toda la vida. Cada una de las dos opciones tenía sus ventajas.
O limpiar, trabajar y estar arrastrada. O aguantar a hombres, complacerles sexualmente y estar arrastrada.
A los doce años empecé a florecer y la geisha más mayor que ya no atendía a caballeros reparó en mí. Ordenó que empezara a tomar clases de retórica, poesía, música, protocolo.
Las niñas de seis años que periódicamente aparecía a la puerta de nuestra casa comenzaron a servirme a mí. Dicen que no se debe servir a quien sirvió, pero nunca fui cruel con ellas. Yo había pasado por lo mismo y mi buena memoria no me dejó olvidarlo.
En un momento pensé en rebelarme, en escaparme, pero las opciones no eran muchas como ya dije. Y siempre he sido práctica.
Sólo me quedaba jugar bien mis cartas, cuando le planteé a la geisha-haha que no quería tener relaciones sexuales con mis visitantes, ella me miró conmiserativamente:
- Ginzu, tu poder será atraerles y que busquen tu compañía y todos buscan eso. Yo no te obligaré pero si no tienes una serie de visitantes asiduos, deberás abandonar la casa o pasar a ser sirvienta o domeñarte a los deseos sexuales de tus admiradores.
Así sea, pensé. Y me prometí al menos intentarlo.
Siempre lo había conseguido, pero sabía que con el roce de Kenshi, un dique había sido derribado y temblé desde dentro.
Seguí solicitando citas con Ginzuishou regularmente. En cuanto cruzaba la mampara, se convertía en Naoko para mí.
Me preguntaba si alguien más conocería su nombre, el que no era de geisha y se lo quería preguntar, pero no sabía si tenía la llave para hacer esa pregunta y además no sabía si quería conocer la respuesta. Al fin y al cabo, ella es una geisha.
Cuando salía de allí, y dejaba de tenerla a mi lado, me inundaba la rabia. Naoko me anclaba a Tokio y a la par sabía que tenía que marcharme, mi katana necesitaba salir de su funda y mi cuerpo ansiaba la actividad, además ya era hora de volver a las campañas.
Intentaba controlarme recordando las enseñanzas de mi maestro Zen. Intentaba interiorizar sus enseñanzas y aplicarlas.
Era dolorosamente consciente de que seguía sin tocar a una mujer, que acudí a la casa de geishas para subsanar eso, pero es que Naoko se me había metido de tal manera entre las neuronas que era incapaz de sentir deseo por otra. La deseaba a ella. Quería que fuera mía, solo mía, como mi katana. Pero ella es una geisha.
Soñaba con tenerla en mi dormitorio, deshacer ese moño complicado y soltar su pelo de seda sobre la almohada, ver el color de su piel sin los polvos de arroz, saber si sus labios son tan rojos sin la pintura que se pone, verla sonreir sin presiones y hacerla mía. Como mi katana. Pero ella no puede ser mía, es una geisha.
También pensaba requerirle favores sexuales y quitármela de la cabeza. Ella me los daría. Si se los pedía me los daría. Ella es una geisha. Y podría partir satisfecho y ya conjurado de su embrujo.
Pero Naoko también me atrapa con su conversación, estimula mis neuronas, me hace replantearme si las mujeres no son tontas por ser mujeres o si no todas las mujeres son tontas.
Ella un día quiso seguir con la conversación del primer día. Y me preguntó educadamente por qué vertí esas opiniones tan desfavorables, tan ofensivas.
- No lo sé. Me sentí impelido a hacerlo. Sabía que podía haber mujeres escuchándome, pero no me importaba, quizás venía embrutecido de la guerra. Sólo sabía que tenía que hacerlo. Pero tampoco esperaba que ninguna mujer me contestara.
- Yo sabía que no debía hacerlo pero tuve que hacerlo, no pude sujetarme, necesitaba contestarte.
- Creo que fue como un cebo... ¿si no hubieramos tenido esa conversación me habrías admitido en tu lista de visitantes?
- Pobrablemente no.
Retira su mirada que ha mantenido fija en la mía, cuando pronuncia el no, sus ojos ya no son visibles para mí. Pero si puedo ver el temblor de su boca.
Me gustaría agarrarla entre mis brazos, pero no soportaría pensar que alguien más la toca, que no es sólo para mí. Aunque sé que es imposible, porque probablemente a todos trata como a mí. Probablemente con todos finje esta candidez que a veces muestra. Seguro que es una maestra de los temblores inocentes. De los rubores controlados.
Les enseñan a eso.
Es una geisha.
Kenshi sigue viniendo a visitarme. Regularmente. Nuestras reuniones son siempre parecidas.
Tomamos té, hablamos, paseamos por el jardín.
Leo a Kenshi como podría leer un rollo de escritura. Leo sus pensamientos en sus ojos, sus dudas en los temblores de su voz, sus deseos en la posición de su cuerpo.
Al fin y al cabo soy una geisha y he aprendido a interpretar esas cosas.
He conocido a muchos hombres. Algunos de ellos me han atraido, aunque ninguno como él.
Y realmente no sé por qué. Veo friamente los defectos de Kenshi, su visceralidad, su pasión, su impaciencia.
Pero también veo en él a un hombre luchador, inteligente y honesto. Y no tan influido por su educación como para no poder saltarse algunas normas.
Hay noches en las que cuando me quedo sola y me lavo la cara, me miro en el espejo, y deshago mi moño. Me miro a los ojos y me digo:
- Naoko, todo sería tan sencillo como decirle a Kenshi que tú aún conservas tu mizuage que aún eres virgen.
Lo peor es que Naokodos me contesta y ella tiene peor carácter que yo. Me llama tonta por pensar que Kenshi me tomará por esposa y seremos felices. Me riñe por pensar que ser su concubina también estaría bien.
Yo discuto con Naokodos y le digo si no sabe lo difícil que es la vida de una geisha mayor, las luchas internas que hay y lo que quema esta vida.
Pero Naokodos lo sabe, no lo va a saber. Y ella que ve en mi interior mejor que yo en el suyo me dice que no haga planes, que no prevea, que espere, que vaya reaccionando segun los hechos vayan ocurriendo.
Pero para ella es más fácil de decir que para mí de hacer. Ella vive en un mundo de cristal.
El tiempo corre en mi contra y probablemente en no mucho tiempo deberé entregarme a alguien para poder seguir siendo geisha. No es algo que me haga ilusión. O comprometerme con alguno de los que sí me han ofrecido ser concubina en sus casas. Aunque no quiera.
En este mundo que me ha tocado vivir no tengo posibilidad de ser libre. O no la veo al menos.
Hace dos semanas que me fui de Tokio. Mis deberes guerreros me reclamaban. Aquí estoy como al inicio, perdido en un frente rojo y cruel y sin ánimos de hundir la katana más que en los enemigos que tengo enfrente.
Ninguna concubina, ni ninguna campesina incita a mi otra katana a presentar batalla.
Mis pensamientos están en Naoko. Repaso una y otra vez mis conversaciones con ella, la echo de menos, sé que no debería que sólo es una geisha y que no es razonable obsesionarse por una mujer compartida. Puedo elegir una propia para mí sólo y es imposible que no exista otra que sea capaz de seducirme como Naoko lo hace.
El día que me despedí ella se ofreció a hacerme un masaje en la frente y en el cuero cabelludo para despejar el dolor de cabeza que me embargaba. Se sentó detrás de mí y yo me acosté en el tatami. Sus manos delicadas recorrieron mi frente haciendo presión en puntos concretos, al borde de las cejas, en la confluencia de puntos que ella me explicaba con su dulce voz que eran puntos de cruce de energías. Sus manos agarraban mechones de mi pelo y me daba suaves tirones, las yemas de sus dedos horadaban insistente y suavemente mi cuero cabelludo, como si quisiera penetrar con sus manos en mis pensamientos.
Sentía un bienestar enorme, por el roce, porque era ella la que me lo inflingía, por la situación, cerré los ojos e imaginé que ese era nuestro futuro, estar juntos y tener intimidad. Y fui dolorosamente feliz. Pero duró poco rato. Luego me fui.
Cuando pienso que quizás no vuelva a verla o que cuando vuelva ella haya desaparecido siento un vacío en la boca del estómago y sé que no lo voy a resistir.
Pero yo soy un samurai y sigo las enseñanzas Zen, tengo que ser capaz de afrontar cualquier cosa. Lo que pasa que no sé si esto lo quiero afrontar.
Y sé que esta debilidad, esta desconcentración, hará que me maten en esta batalla.
Lo sé. Y no puedo hacer nada por evitarlo.
Kenshi sigue sin volver.
La campaña se alarga, echo de menos a Naoko.
El tiempo pasa lentamente y echo de menos mis ratos con Keshi.
Las jornadas son peligrosas y añoro Tokio, bueno, la añoro a ella.
No tengo ganas de sonreir, mis días no tienen objetivo. Sin él, no.
Añoro tremendamente a Naoko.
Kenshi no se me va del pensamiento.
Y el tiempo sigue pasando sin prisa, pero sin pausa...
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