Por alguna inexplicable razón ayer volví a leer "La dama del perrito" de Anton Chéjov.

Como "el jardín de senderos que se bifurcan", de Borges, es un relato que leo periódicamente.

El caso es que hace mucho leí a Richard Ford que el relato de Chéjov, al que atribuía la condición de uno de los más importantes en la historia de la literatura, era una obra para adultos.
Decía Ford que, en efecto, un joven podrá sorprenderse de ciertas características del relato pero que la complejidad emocional, la demoledora crítica de ciertas instituciones, tal vez solo fuera apreciable por quien va cumpliendo años, por quien va viviendo esa misma complejidad.

Es el caso que ayer, anoche, lo leí como se bebe, sediento, un vaso de agua; cuando terminaba me parecía que apenas si acababa de abordar su página primera.
Y estaba, estoy, ligeramente emocionado, sorprendido pese a que puede ser la quinta vez que lo leo.
Y cada vez me gusta más.

Por su aparente simpleza, por su ironía, por su devastadora introducción en los sentimientos humanos, por ese final absolutamente abierto en el que "la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar"