Al fin se cerró esa puerta que durante tanto tiempo estuvo abierta.
Llegó ese momento ansiado por los dos, solos tú y yo.
Nos conocimos de una forma práctica, si, digital dirían otros, fría siempre.
No nos hemos podido aún mirar a los ojos fijamente, rozar la piel de nuestras manos, decirnos cosas cariñosas al oído unas veces y pornográficas otras, suspirar e inspirar llenando nuestros pulmones el uno del otro.
No hemos podido disfrutar de un primer y húmedo beso. Del danzar frenético de nuestras lenguas. De la unión de nuestros cuerpos formando un único ser una milésima de segundo en el que el tiempo se detiene y nos observa furtivamente por detrás de la mirilla.
Nuestro deseo construido a fuego lento, sazonado con una pizca de sal y pimienta, a punto de ser devorado hambrientos de placer y ávidos de no dejar ni una sola migaja en el plato.
La puerta se cerró y al fin te tuve entre mis manos.
Conteniendo la respiración primero, los ojos cerrados e inspirándote por primera vez.
Como el catador que paladea el mejor vino voy descubriendo tus notas a cámara lenta, adivinando tu color y despertando tu alma dormida y desvelada cada vez más a cada trago que te doy, a cada certera caricia, a cada profundo abrazo, a cada infinito beso.
En la penumbra, como tu y yo decidimos, con la puerta cerrada con llave (y tirada al mar), con los móviles apagados o fuera de cobertura, ya nada se entromete entre nosotros.
Te beso y creo haberte besado siempre. Te toco y creo no haber tocado nunca a otra mujer. Te meso el pelo y disfruto cada pequeño de los muchos matices que tiene.
Su suavidad, su textura, su frondosidad. Lo pongo entre mis labios y te vuelvo a oler…
…
Tus pechos aparecen entre mis manos, después de haberte quitado toda la parte de arriba y mandado muy lejos el sujetador hasta la otra punta de la habitación.
Defino su forma, pequeños, calientes, bien formados, con una pequeña aureola, los pezones en punta al frotarlos muy suavemente.
Tu piel erizada completamente….
Me inclino un poco y dejo tu preciosa boca, tus labios rosáceos y ahora con un tono mucho más violáceos después de haberlos probado y disfrutado. Cubro por completo uno de tus pechos y mi lengua contornea tu pezón. Ahora ya duro como la más dura piedra. Mis dientes simulan mordértelos con controlada fuerza y aprietas bien fuerte mi cara hacia ellos.
Mis manos, como ya notas, muy lentamente, casi imperceptible, cartografían tu silueta desde el torso hasta tu cintura. Dibujan su forma y se toman la libertad de bajar y entrar por la ropa que pactamos…
Te estiras en la cama enorme, encima de la colcha, me arrodillo en la moqueta y a la vez que te voy quitando la ropa voy dándote pequeños besitos en las piernas hasta las rodillas.
Desnuda, únicamente te dejas puestas unas botas negras altísimas, en punta, tacón de aguja…
Entre tus piernas, mi lengua, antes rápida, flexible, ágil, en tu boca, se transforma en dura, profunda, queriéndolo abarcar todo, en tu sexo.
Abierto, depilado, mojado, ardiente. Te pido que me cojas del pelo bien fuerte y que me aprietes hacia él. Húndemelo todo y haz que mi lengua llegue donde nadie haya llegado.
Tu otro sabor me enloquece y no puedo parar de sorberlo, tragármelo y hacerlo mío.
Mi lengua y mi boca son folladas a cada movimiento de tus caderas agarrándome con tus manos casi con violencia el pelo y apretando bien fuerte para ti. Con ganas de verterlo todo y que salga a borbotones tu licuado deseo.
A punto de correrte paro, diabólicamente, me dirías unos días mas tarde.
Te miro, con toda la boca con el festín anhelado, te cojo las muñecas muy suavemente, las aprieto hacia la cama y ahora te como el coñito dulcemente como el animal que llega sediento al oasis en el desierto, bebe y agradece poder vivir aquel momento.
Besándote después con un mordisco final en los labios, observo tu cuerpo, imposible de olvidar, y te sitúas en una de las diagonales de la cama, a cuatro patitas. Preciosa con las botas compradas para la ocasión con las puntas resplandecientes, brillantes, frías, con el también frío, opaco y natural tacto del cuero…
Otra vez arrodillado, como la reina que eres que me posee y me ordena, ahora detrás de ti, abro tu culito sin rubor y mi lengua empieza a comerte todo el agujerito mientras te masturbo penetrándote frenética y profundamente con dos dedos.
Ordenas que me sitúe detrás de ti en la cama, que mi polla juegue entre tus nalgas, que te agarre del pelo formando una coleta, que te penetre ahora ya hasta el final, sin detenerse, sin pararse, elevándonos hasta otra dimensión.
Eres tu quien marca los tempos, la que enlentece o acrecienta con simples movimientos de cadera utilizando mi polla como un mero instrumento de placer y frugal deseo.
Tu placer.


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