Hoy volví a sentirme yo. Después de una cantidad indefinida de tiempo, volví a sentirme yo. Poco a poco, los paseos obligados diarios habían comenzado a ser una carga. El tiempo se hacía eterno estuviera donde estuviera y la armonía se alejaba de mí siempre que podía.
El tiempo que me dedico a mí mismo es cada vez menor, a consecuencia de los estudios y las responsabilidades que he de atender muy a mi pesar. Sin embargo, siempre había podido sobrellevarlo con cierta tranquilidad gracias a mi música. Esa compañía incondicional que va contigo haga frío o calor, llueva o haga sol, vayas vestido con quien vayas vestido, le hagas caso o le ignores, le dediques el tiempo que necesita para terminar o le dediques apenas unos segundos. Únicamente te pide una cosa a cambio: batería.
En serio. La música me ayuda a sentirme vivo. Me ayuda a afrontar la vida de un modo distinto a todo lo demás. Y más efectivo que todo ello.
Cuando esta tarde tomé el mp3 de mi hermana y le puse mis canciones, no creí que fuera a sentir una satisfacción tal a la hora de salir de casa. Estaba vestido: unos vaqueros, una camiseta y un jersey de Quechua abrigado. Me puse los cascos en las orejas y tiré el cable por mi espalda como no había hecho desde hacía muchos meses. Recogí el extremo del cable con la mano derecha, como siempre, y lo conecté al aparato. Tuve la suerte de tener la bolsita de cinturón que adquirí hace relativamente poco tiempo, ya que el cable de estos cascos es más corto de lo que necesitaría para meter el reproductor en el bolsillo. Acto seguido me puse la gabardina por encima y un torrente de adrenalina recorrió mi cuerpo.
Comencé a recordar el pasado en el que iba absorto del resto del mundo, con la música en mis orejas y en mi cabeza, mientras caminaba por donde fuera, ausente de todo sonido exterior; fuera fuerte o débil. Un grito, un llanto, una moto, un camión, un autobús, un coche, el chapotear de un charco, una riña de una madre a su hijo… todo ello me resulta completamente ajeno si llevo la música puesta.
Encendí el aparto. Por suerte, estaba programado en reproducción aleatoria. Otro torrente de adrenalina recorrió mi cuerpo. Abrí la puerta de mi casa y, después de tanto, no oí cómo sonaba al cerrarse, ya que la melodía cubría completamente mi pabellón auditivo.
El resto del viaje fue un torrente de adrenalina constante y unos recuerdos magníficos de mi pasado y de aquella época en la que no me separaba de mi reproductor nunca. Lástima haberlo perdido.




Responder Con Cita

Marcadores