El relato que a continuación presento, lo escribí mientras mantenía un noviazgo (que duró dos años y medio) con una joven muchacha que vive (y vivía) a 1.000km de mi casa. En aquella época, mi relación con ella resultaba difícil y de vez en cuando nos enviábamos cartas físicas (ya que hablábamos todos los días por messenger y nos enviábamos e-mails) para ayudar a superar la distancia. El texto lo escribí inspirado por una carta que había escrito con el fin de cortar la relación en el momento en que lo considerase oportuno (Es decir, en la carta que había escrito simplemente expresaba el deseo del cese de la relación, sin especificar fechas ni acontecimientos recientes; pues podía necesitarla de ahí a una semana o de ahí a varios meses). Espero que la disfrutéis.


Abandonado

El sol iluminaba el cielo de un modo abrasador. La leve brisa que se había levantado segundos antes atenuaba el poder abrasador de los rayos sobre mi piel... pero no la luz que cegaba mis ojos. Tras unos cuantos metros de caminar por la carretera habitual, viendo las habituales casas y esquivando los habituales pozos en la acera que nunca fueron arreglados, llegué al desvío habitual y tomé un camino distinto al que siempre tomaba. Hacía tiempo que tenía que haber hecho eso, pero nunca tuve la iniciativa suficiente.

Caminé unos cuantos metros más y me metí en el bosque. Recorrí el camino que había hecho tantas veces antes y llegué hasta una pobre construcción de maderas. Simulaba una casa medio derruida, con incontables goteras y tablas podridas por todos lados. Antiguamente había sido realmente una casa. Pero ya no se podría denominar así. La miré con cierta nostalgia... una sonrisa se dibujó en mis labios y dejé a un lado la mochila, sobre la hierba todavía mojada de la lluvia de la noche anterior. Atravesé el umbral de una ya inexistente puerta y crucé un antiguo salón. La semiabertura de la siguiente puerta me indicaba el camino. Las escaleras, aunque tan viejas como la casa, seguían sorprendentemente en pie, así que procedí a subir, en busca de aquella habitación que, no demasiado tiempo atrás, me había servido de escondite. Poco a poco había ido llevando cosas y se había convertido en mi lugar. La ausencia de goteras y el baúl que en ella se encontraba habían hecho de esa habitación el lugar idóneo para esconder aquello que no quería que nadie viera.

Me senté en el suelo y apagué el móvil. Cogí la llave que colgaba de mi cuello y abrí el candado que yo había puesto para que nadie abriera mi preciado cofre del tesoro. Aunque me costó un poco, pude abrirlo y ver una vez más lo que en su interior se ocultaba: una botella de cristal, con restos de alguna bebida alcohólica, una navaja, unas cuantas velas, un mechero, tabaco, cuchillas... había cosas de todo tipo... incluso un trozo de tela que estaba ahí desde antes de que yo llegara...

Ese lugar siempre me había gustado por la tranquilidad de la zona, ya que nadie más que yo sabía que esa casa existía. En uno de mis antiguamente habituales viajes por el bosque, subido a uno de los árboles, pude divisar algo que me llamó la atención. Recordé más o menos el rumbo y llegué hasta la casa... por aquel entonces estaba más entera, tenía menos goteras, y me daba miedo. Hasta que un día decidí entrar y descubrí que no era tan terrible. El vacío que allí había demostraba que había sido saqueada en alguna ocasión. Lo descuidado del material, el crujir de las maderas, la fragilidad de las puertas que tiré en su momento... Recuerdo que la cocina, todavía a leña, me sorprendió bastante. El óxido que se acumulaba en las bisagras, las estanterías con algún bote de especia tirado por ahí... de vuelta al salón, había encontrado una puerta entreabierta que no pude mover, pero cupe perfectamente de lado. Al atravesarla, las escaleras me esperaban, mostrándome el camino a lo que posteriormente se convertiría en mi escondite secreto.

Desde ese día lo visité incontables veces... siempre que me encontraba mal, iba corriendo por ese bosque hasta esa casa, atravesaba ese comedor, subía esas escaleras y llegaba hasta esa habitación. El sentimiento de soledad, junto con la calma y el silencio, me permitían pensar con tranquilidad. A lo largo de los años, pude observar como poco a poco la casa se iba derrumbando a trozos. Como pequeñas maderas iban apareciendo y desapareciendo de muchos sitios y el modo en el que las plantas lo cubrían todo... Algunas puertas no las atravesé en todo ese tiempo, mientras que otras lo hice muchas veces, con distintos objetivos, aunque el que siempre primó fue el de investigar. Sin saber muy bien por qué, esa casa me había embrujado. Como si se hubiera sentido sola todo este tiempo y, cuando aparecí yo y le hice compañía, se alegró tanto que me llamaba una y otra vez... hasta el punto de ir hasta ella en muchas ocasiones sin tener ningún motivo real.

Todo eso y mucho más se me pasó por la cabeza cuando abrí el cajón cuyo candado había llevado tiempo atrás. Lo miré otra vez. Saqué una caja de cartón gris clarito y la apoyé a mi derecha. Saqué también la navaja y la miré bien. El óxido había empezado a hacer presencia en la cuchilla y había comenzado a invadirlo todo, como un gran ejército implacable conquistando un país. Con un sencillo juego de mano la cerré y me la metí en el bolsillo. “Esto aquí ya no pinta nada”, pensé. Miré la botella de cristal y la coloqué a mi izquierda “esto para tirar”. La cajeta de tabaco correría la misma suerte que el alcohol y muchos otros objetos cuyo valor ya despreciaba, aunque habían sido importantes en otro momento de mi vida. Las velas y el mechero las puse sobre la caja de cartón, así como la extraña tela que nunca me había atrevido a desenrollar, suponiendo que no sería más que una prenda vieja y apolillada.

Me quedé pensando. Mirando la nada. Pasado un largo rato, tomé el montón de cosas que había decidido tirar y salí de la habitación. Caminé hasta la cocina y las dejé donde se supone que había un cubo de basura que siempre me prometí llevar. Volví a mi rincón y miré una vez más los objetos que había apilado y no tiré. La noche se acercaba y la luz era cada vez menor. Encendí algunas velas con el mechero y las coloqué en sitios estratégicos, que ya había descubierto en anteriores visitas.

Con una iluminación perfecta, abrí la caja gris y saqué el primer sobre que había. Extraje la carta que tanto me había emocionado en su momento, la desplegué, y comencé a leer “Amor mío:” Hice una pausa. Cerré los ojos con intención de evitar las lágrimas, pero me fue imposible. Dos gotas de agua recorrieron mis mejillas hasta mis labios. Dejé que se cayeran al suelo e intenté leer más... pero no pude... me acurruqué en el suelo y lloré. Lloré todo lo que no había llorado en los últimos meses. Lloré todo lo que me había callado a lo largo de mi vida. Lloré hasta que no pude más. Y luego seguí llorando.

El amanecer me sorprendió. Una de las pequeñas separaciones entre las maderas que tapiaban la ventana, dejó pasar un rayo de sol que me dio directamente en los ojos, y me despertó. Me levanté con prisas, salí de la habitación corriendo, bajé por las escaleras, atravesé la puerta entreabierta y el salón. Salí de la casa y cogí mi mochila, que seguía donde la había dejado. Corrí hasta mi casa, donde me esperaban algo más que palabras por parte de mis padres, por haber estado fuera de casa toda la noche sin avisar...