Estreno la Estantería con un relato que escribí hace relativamente poco tiempo. El relato comenzó como principio de una historia con un entramado bastante complejo, pero a medida que avanzaba en su redacción me encontraba con que no sabía cómo seguir; cómo hacer el giro a la historia que había imaginado desde el principio. Así que finalmente decidí darle un final rápido y trágico. Quizás os decepcione (nunca tuve gran talento, pero escribir es lo que mejor se me da) pero aquel a quien no le guste, le recuerdo que la leyó voluntariamente (por lo que agradecería una crítica constructiva y... a ser posible, de consejos ^^). De todas formas, y a pesar de lo que acabo de poner, acepto cualquier tipo de comentario al respecto: tanto buenos como malos. Sin más, espero que la disfrutéis.
Mundo extraño
Cuando abrí los ojos, lo primero que pude enfocar fue mi propia mano, que había quedado a escasos centímetros de mi cara. La moví un poco para comprobar que no se le había roto nada y me aseguré de que el resto de mi cuerpo estaba en relativo buen estado. Hice un duro esfuerzo por levantarme, pues mi pierna estaba herida, y miré alrededor. A pesar del dolor de la pierna, no tenía ningún hueso roto, así que decidí avanzar mientras pudiera soportar el dolor.
Cuando por fin fui distinguiendo las diferentes formas que me rodeaban, me di cuenta de que no recordaba nada. Noté cómo una pequeña gota de sangre esquivaba mi ojo por la nariz y noté su toque salado cuando aterrizó en mis labios. Posiblemente me había llevado un fuerte golpe en la cabeza. No recordaba ni dónde estaba ni por qué estaba dónde estaba ni cómo salir de ahí.
El cielo estaba de un azul hermoso, sin el más mínimo rastro de nubes. El enorme astro iluminaba por igual todo lo que alcanzaban a ver mis ojos. Me encontraba en un pequeño pueblo. Las casas estaban hechas de piedra, al igual que las calles; sin embargo, muchas de ellas estaban, de algún modo, derruidas parcialmente. Había losas de diferentes tipos de rocas esparcidas por el suelo, así como astillas y trozos mayores de madera, de las vigas y los barriles. Alguna caja de madera parecía haber resistido el paso de… lo que fuera que haya destruido ese pueblo. Sin embargo, no vi ningún cadáver por ningún lado, al igual que la sangre, a excepción de la que manaba de mis heridas.
Mi cabeza estaba sangrando demasiado, por lo que arranqué un trozo de mis ropajes y lo doblé para apoyármelo fuertemente contra la herida, con el fin de que ayudase a cesar la hemorragia. Tendría que sostenerlo con la mano todo el rato, pero no iba a necesitar ese miembro, todavía, para nada importante.
Tomé una dirección y avancé recto, con cierto cojeo y apretando fuertemente un trozo de tela que empezaba a teñirse poco a poco de rojo contra mi cabeza. Atravesé varios metros de calles, esquivando losas y otros restos de las casas circundantes. Llegué hasta un punto en el que el camino se acababa, junto con las casas. Alguna de las viviendas se encontraba literalmente cortada al medio por este extraño final del pueblo. Más allá de las losas que me habían guiado por una senda medianamente recta, se extendía una relativa llanura de piedra. Parecía ser un enorme bloque de algún tipo de roca volcánica, pues tenía la forma desigual que presenta el océano en un día de tranquilidad; simulaba que la lava que había formado la enorme plataforma se hubiera endurecido a una velocidad vertiginosa. Avancé por la extraña llanura unos metros. La pierna cada vez me dolía más y el trozo de tela que tenía en la cabeza no podría absorber mucha más sangre.
Aparté el trozo de tela de mi cabeza y lo escurrí en el implacable suelo para poder seguir utilizándolo. Me di la vuelta para ver desde unos metros el pueblo que dejaba atrás; sin embargo, éste había desaparecido. En ese momento, tuve la impresión de que la jornada iba a ser muy larga…
Resultaría demasiado bonito si lo que me había dicho aquel extraño encapuchado llegase a ser cierto. Sin embargo, tampoco tenía motivos para desconfiar de él, así que miré fijamente hacia el umbral que parecía formar parte de la propia roca; como si la lava, en el instante antes de endurecerse hubiera saltado de un modo tan antinatural como sorprendente para formar un arco cerrado de dimensiones colosales.
El extraño arco era claramente más alto que ancho, por lo que se me antojó una similitud con las puertas de un castillo. Retiré la tela de mi frente y la escurrí por tercera vez desde que me la había cambiado por una más grande. Las fuerzas comenzaban a fallarme por la falta de sangre y mi avance caminando se había vuelto demasiado lento como para pretender llegar mucho más lejos en ese estado.
Avancé unos pasos, dejando una marca roja en cada sitio que mi pie derecho, encharcado de sangre de la última escurrida del trapo, tocaba. Seguía sin recordar nada de mi pasado. Ni siquiera recordaba muchas cosas sobre mí. Miré una vez más al cielo, ennegrecido por las enormes nubes que lo cubrían desde poco después de la desaparición del misterioso pueblo. Volví a mirar a la gigantesca puerta y, al darme cuenta de lo lejos que se encontraba, me vi incapaz de llegar hasta ella. El supuesto portal mágico que me llevaría ante aquel que me dejaría elegir mi destino del que me había hablado el encapuchado se quedaría sin ser utilizado por un tiempo.
Me senté en el suelo. Estaba frío, pero no me importó. Llevaba varias horas arrastrando mis pies por él. Las uñas se me habían desgastado poco a poco y fueron apareciendo heridas en ellos según tropezaba o me caía. A partir de cierto punto, que no tengo muy claro cuál fue, mi sangre empezó a dejar un rastro en forma de gotas, cada vez más cercanas entre ellas. En algunos lugares concretos del camino, esas gotas resultaban ser charcos, que reflejaban las nubes con un tétrico tono rojizo; los sitios donde había vaciado mi venda de la cabeza. Los últimos metros, a partir del último charco, las gotas de sangre estaban acompañadas de pisadas igual de rojas y unidas entre ellas por finos hilos rojos colocados por el arrastre de mi pie.
Me retiré la venda de la cabeza y comprobé que la herida ya casi no sangraba. Mi pierna, sin embargo, parecía estar atravesada por una espada que había sido corroída por el óxido. Apoyé la cabeza en la fría roca. Era consciente de que si cerraba los ojos no los volvería a abrir… sin embargo, no me fue posible evitarlo…
Sin embargo, rápidamente luché contra mi cansancio y volví a levantar mis párpados. Había recorrido muchos kilómetros por esa inmensa llanura sobre la que dejé una huella de mi paso en forma de camino rojo y no podía rendirme a tan pocos pasos de mi destino. Miré hacia atrás. La infinidad de leves ondulaciones no resultaba un obstáculo y mis ojos eran capaces de percibir el horizonte lejano. Sin embargo, una vez más algo había desaparecido; el misterioso encapuchado. Había hablado con él apenas unos minutos atrás. Por mucho que corriera no hubiera podido huir del territorio que mi vista alcanzaba.
Decidí no darle más vueltas a si había sido una alucinación. Reuní rodas las fuerzas que pude y empecé a moverme hacia el extraño umbral. A pesar de que no fui capaz de ponerme en pie, pude avanzar arrastrándome. Aproveché el pétreo marco de la puerta para ayudarme a ponerme sobre mis piernas. El dolor de la pierna se acentuó cuando hice el esfuerzo, pero lo aguanté como pude.
Antes de cruzar y comprobar si realmente el extraño hombre me había dicho la verdad. Miré hacia atrás un instante para observar el camino que mi sangre había dejado en el suelo. Volví a mirar hacia la puerta y atravesé el umbral.
Ni un cambio repentino de plano, ni una teletransportación, ni una aparición, ni una luz, ni nada. Cruzar el umbral no tuvo ningún efecto inmediato. Me desesperé un poco, pero seguí avanzando unos metros más hacia delante; entonces empezó a sonar un extraño ruido y poco a poco pude ver cómo aquel infierno pétreo por el que llevaba caminando tanto tiempo que me parecía una vida, comenzó a fundirse para convertirse, una vez más, en la lava de la que había procedido en un pasado.
Un fuego líquido que invadió todo lo que yo había recorrido y todo lo que yo creía que tendría que recorrer. Simplemente quedó a mi vista una pequeña isla, en la que me encontraba. Incluso el imponente arco de piedra se hundió en el rojizo líquido para no volver a flote nunca más.
Caí rendido al suelo; a la deriva; sin fuerzas; sin sangre; sin mis recuerdos… sin nada.




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