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Tema: leyendas y refranes de tu gente

  1. #41
    Fecha de Ingreso
    May 2008
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    Santa Fe, Argentina
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    57

    Predeterminado



    Una leyenda algo larga, pero muy linda

    El Chajá
    Leyenda Guaraní

    El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo,
    buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión acompañaba al padre en sus tareas de jefe.

    Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante
    el peligro. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al
    padre que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.

    Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido
    y enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con
    una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.

    Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los salvara. Era la protectora dispuesta
    siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu.

    Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos.
    Su corazón no le pertenecía.

    Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces
    el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas de jefe.

    La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados
    trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a
    la tarea, cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana
    y nada pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde. El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras. Carumbé y Pindó
    no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo. Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.

    Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar
    frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.

    Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario
    animal.

    El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos.

    Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido.

    Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.

    El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.

    Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U.

    De los demás, ninguno quiso exponer su vida.

    Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su
    padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente Cacique, con peligro de su propia vida.

    Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará. Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo. Él sería
    el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza. Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba
    el agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día. Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos
    de verlo llegar con la piel del feroz enemigo.

    Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó.

    Había sido una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió...
    nadie se presentó ante el Cacique. Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta
    ocasión.

    Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico, les dijo:

    Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario
    animal. Pero en vista de que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo
    más valor que vosotros, cobardes!

    Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.


    - Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasa*dos. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y
    te admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.

    Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo
    en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.

    Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.

    Padre... tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo
    debo salvar a la tribu. ¡Permite que vaya, padre mío!

    El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras * y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.

    Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.

    Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban. Estaban a corta distancia
    de los toldos.

    Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte
    al jaguar. Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas,
    conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.

    Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto a la entrada se encontraba
    éste con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.

    El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.

    - Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección
    de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro
    de la doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.

    Después... cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano.
    Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito lastimero del urutaú.

    En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija.

    -Hijo mío- le dijo - un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió
    deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero
    Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más... Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo
    un enviado de Añá, imposible de vencer.

    Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.

    -Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella
    los aventaje en valor y los reem*place en sus obligaciones?. -Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado. -Taca, ¡no irás! Seré
    yo quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.

    -No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla!... Dentro de un instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más
    su cobardía a los súbditos del valiente Aguará.

    -No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te acompañaré.

    * Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”…, “yahá!”…(¡vamos!, ¡vamos!).

    Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu. La esperanza de
    terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por
    todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba:

    - “yahá!”…, “yahá!”…

    Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban. Saliendo de un
    matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso
    felino se iba acercando, cuando Ara*Naró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia
    la fiera.

    Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la fiera luchando por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza,
    lanzó un rugido salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció.

    Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera enfurecida y poderosa.

    Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su nueva atacante.

    Pero fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió triunfante.

    Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.

    Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los jóvenes prometidos.

    -El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.

    Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.

    Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida
    y bebida.

    En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando:
    -- “yahá!”…, “yahá!”…

    Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.

    Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún
    peligro.

    Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el
    grito de alerta: ; "Yahá!..., " "Yahá!"...

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  3. #42
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    Predeterminado



    Y tampoco quería dejar de poner esta leyenda que es una que me gusta mucho, desde chiquita ya me la leí miles de veces.

    "La Flor de Lirolay"
    Este era un rey ciego que tenía tres hijos. Una enfermedad desconocida le había quitado la vista y ningún remedio de cuantos le aplicaron pudo curarlo.
    Inútilmente habían sido consultados sabios más famosos.

    Un día llegó al palacio, desde un país remoto, un viejo mago conocedor de la desventura del soberano. Le observó, y dijo que sólo la flor del lirolay,
    aplicada a sus ojos, obraría el milagro. La flor del lirolay se abría en tierras muy lejanas y eran tantas y tales las dificultades del viaje y de la búsqueda
    que resultaba casi imposible conseguirla.

    Los tres hijos del rey se ofrecieron para realizar la hazaña. El padre prometió legar la corona del reino al que conquistara la flor del lirolay.
    Los tres hermanos partieron juntos. Llegaron a un lugar en el que se abrían tres caminos y se separaron, tomando cada cual por el suyo. Se marcharon con
    el compromiso de reunirse allí mismo el día en que se cumpliera un año, cualquiera fuese el resultado de la empresa.
    Los tres llegaron a las puertas de las tierras de la flor del lirolay, que daban sobre rumbos distintos, y los tres se sometieron, como correspondía a
    normas idénticas.
    Fueron tantas y tan terribles las pruebas exigidas, que ninguno de los dos hermanos mayores la resistió, y regresaron sin haber conseguido la flor.
    El menor, que era mucho más valeroso que ellos, y amaba entrañablemente a su padre, mediante continuos sacrificios y con grande riesgo de la vida, consiguió
    apoderarse de la flor extraordinaria, casi al término del año estipulado.
    El día de la cita, los tres hermanos se reunieron en la encrucijada de los tres caminos.
    Cuando los hermanos mayores vieron llegar al menor con la flor de lirolay, se sintieron humillados. La conquista no sólo daría al joven fama de héroe,
    sino que también le aseguraría la corona. La envidia les mordió el corazón y se pusieron de acuerdo para quitarlo de en medio.
    Poco antes de llegar al palacio, se apartaron del camino y cavaron un pozo profundo. Allí arrojaron al hermano menor, después de quitarle la flor milagrosa,
    y lo cubrieron con tierra.
    Llegaron los impostores alardeando de su proeza ante el padre ciego, quien recuperó la vista así que pasó por los ojos la flor de lirolay. Pero, su alegría
    se transformó en nueva pena al saber que su hijo había muerto por su causa en aquella aventura.
    De la cabellera del príncipe enterrado brotó un lozano cañaveral.
    Al pasar por allí un pastor con su rebaño, le pareció espléndida ocasión para hacerse una flauta y cortó una caña.

    Cuando el pastor probó modular en el flamante instrumento un aire de la tierra, la flauta dijo estas palabras:

    No me toques, pastorcito,
    ni me dejes tocar;
    mis hermanos me mataron
    por la flor de lirolay.

    La fama de la flauta mágica llegó a oídos del Rey que la quiso probar por sí mismo; sopló en la flauta, y oyó estas palabras:

    No me toques, padre mío,
    ni me dejes tocar;
    mis hermanos me mataron
    por la flor de lirolay.
    Mandó entonces a sus hijos que tocaran la flauta, y esta vez el canto fue así:

    No me toquen, hermanitos,
    ni me dejen tocar;
    porque ustedes me mataron
    por la flor de lirolay.

    Llevando el pastor al lugar donde había cortado la caña de su flauta, mostró el lozano cañaveral. Cavaron al pie y el príncipe vivió aún, salió desprendiéndose
    de las raíces.
    Descubierta toda la verdad, el Rey condenó a muerte a sus hijos mayores.
    El joven príncipe, no sólo los perdonó sino que, con sus ruegos, consiguió que el Rey también los perdonara.
    El conquistador de la flor de lirolay fue rey, y su familia y su reino vivieron largos años de paz y de abundancia.

  • #43
    Fecha de Ingreso
    Jan 2007
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    Agos!! qué buenas leyendas

    Ahora un mito Purépecha

    [SIZE="4"]- Día de muertos -[/SIZE]

    Me llamo Pedro, soy un niño purépecha y vivo en San Isidro, que es una pequeña localidad de Michoacán. Aquí hace mucho frío y hay muchos cerros llenos de árboles; yo creo que por eso todas las casas son de madera. En mi comunidad tenemos varias fiestas durante el año; cada una la celebramos de manera especial. Entre las más importantes está la de Día de Muertos. En el mes de octubre, las mariposas Monarca nos avisan que ya van a venir las almas de los muertos y que tenemos que preparar para recibirlas. A estas mariposas las llamamos "ánimas" y las cuidamos mucho; son de color naranja con negro y empiezan a llegar por miles a nuestros bosques en vísperas de la fiesta de muertos.

    El 22 de octubre, cuando todavía faltan diez días para las fiestas, empezamos los preparativos. Muy temprano, antes de que amanezca, se echan cohetes anunciando la llegada de los niños y las niñas que aún no han cumplido un año de muertos y que nosotros llamamos angelitos. También adornamos las puertas con flores amarillas para darles la bienvenida.

    Ese mismo día preparamos para ellos una canasta, muy bonita y con comida para que se les quite el hambre y se sientan a gusto. Le ponemos muchos cohetes que a los niños nos gustan, como galletas, dulces, panes, refrescos y frutas silvestres. También flores y una velita de cera para darles luz. Esta canasta se queda en la casa y el primero de noviembre se lleva al panteón.

    Las personas que tengan un pariente con menos de un año de haber muerto, deben hacerle una cruz de madera durante estos días. Para esto se utiliza el yarhin, que es el mero corazón del pino. Esta madera es muy fuerte y dura mucho. La cruz tiene que ser grande y muy bien trabajada con hacha, machete y otras herramientas.

    Otra cosa que hacemos es armar y decorar las coronas para los difuntos. Se hacen de madera y zacate; luego se adornan con muchas flores y papeles de colores. Cada año, mi mamá prepara una corona que le ponemos a mi abuelito; a mí me gusta ayudarle para que quede muy bonita. El pan de ánimas es muy importante para estas celebraciones.

    El panadero de la comunidad tiene que empezar a hacerlo desde una semana antes para poder tener todo el que se necesita. Estos panes son pequeños y salados; los hay de varias formas: redondos, triangulares y cuadrados, con pequeños adornos.

    Cuando ya faltan unos cuantos días para las celebraciones, tenemos que arreglar el panteón. Se quitan las hierbas, las varas y las piedras, se componen las cruces viejas; con palos y asadones se revuelve la tierra de las tumbas y se les pone un adorno alrededor con piedritas de río. También se limpia y se decora la casita del panteón donde se dará la misa.

    El 31 de octubre, un día antes de la fiesta, se prepara una canasta con comida para los difuntos adultos, parecida a la que se hace para los angelitos. Esta canasta y su servilleta tienen que ser nuevas y cada cosa que se pone en ella se dedica a un difunto:

    "Este pan para mi tío, estas frutas para mi abuela, este refresco para mi padrino..."

    Lo hacemos con cuidado para que no falte lo que a cada uno le gusta, como cigarros, mezcal o cerveza. La noche antes de la fiesta ya se ha conseguido todo lo necesario: las flores amarillas y de cempasúchil, las velas de cera, la fruta, los panes, los cohetes, el copal, las galletas y el licor.

    El 1 y 2 de noviembre celebramos las fiestas. El primer día empezamos a echar cohetes antes de que amanezca para guiar a los muertitos nuevos hacia nosotros. Después vamos al panteón y la gente de la comunidad lleva velas de regalo para los familiares que tienen un difunto reciente. Por la mañana adornamos las cruces de madera. Les ponemos flores silvestres, limas, guayabas, naranjas, cañas, panes, papel de colores, botellas de licor, refrescos, galletas y gorditas. De azúcar. Este primer día está dedicado a los jóvenes y niños difuntos.

    La gente lleva sus coronas y cruces adornadas y, en la casita del panteón, se da misa dedicada a los muertos que han regresado. El 2 de noviembre está dedicado a los difuntos adultos. Este segundo día hay más personas y se pueden ver todas las tumbas arregladas, llenas de flores y velas prendidas. El panteón se ve alegre con todo este colorido y con tanta gente platicando. Yo creo que los muertos se han de poner muy contentos de lo lindo que está todo.

    La fiesta se termina en la noche cuando en las casas se quema lo que quedó de las velas. Esto se hace para que lo muertos sigan su camino de regreso.


    Fuente: INI, Día de Muertos. Relato de niños purépechas, México, 1992

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